jueves, 7 de enero de 2016

Secretos

Presiono mis pies contra el piso, aún duelen las ampollas generadas por dos horas caminando en círculos por aquellas calles sombrías, tibias y casi a la medianoche. Siento mil agujas recorriendo el cuerpo mientras tecleo acerca de la coyuntura nacional, las elecciones presidenciales, temas de economía, etcétera. Cosas repetitivas sin sentido para mi. Un sinfín de problemas vinculados a mentiras, mentiras verdaderas; similar a nosotros, o bueno, a mi, a ti, tu mundo, el mio y nuestro común. Siento un frío conocido recorriendo mi espalda, estoy aburrida de esta oficina, mis expectativas de continuar trabajando se agotan al transcurrir los días y solo un milagro podría salvarme del borde depresivo al cual podría caer en cualquier momento, no han sido meses fáciles, definitivamente no. Masoquismo innato el querer volver a lo de antes, a esas salidas oscuras, huir de casa, reírme del mundo sin importar el mañana, todo eso y más cogida de tu mano. Me gustan esos arrebatos, dijiste alguna vez, ¿por qué?, me gusta que seas así porque es perfecto. Estúpido recuerdo.
Continúo recordándome caminando por esas calles, una cuadra se volvieron treinta, unos quince minutos de pasos se multiplicaron en ciento veinte, cuando había reaccionado estaba en la avenida Arequipa sentada en un paradero fumando el último cigarro de la cajetilla negra – verde – fucsia de Lucky, tienen un sabor delicioso, lo admito.
Perdí el miedo a andar sola, a pensar en la nada sin perderme en el mar de frustraciones que poseo, mis recuerdos fluctúan como luces de neón a la mitad de la noche, me embriago en mi deseo de arrancarte la boca a besos, morderte y ser salvaje por última vez, reacciono y me encuentro desnuda a un rincón de mi cuarto, siendo observada por mil ojos misteriosos que piden verme destruida otra vez, son mis (nuestros) demonios suplicando el último pedazo de carne que tengo como corazón.
He reconstruido pieza a pieza este motor, he reparado y puesto en marcha un auto sin frenos, de eso se trata mi vida, es lo que escogí desde que los perdí a temprana edad, lo siento por mi madre, por mi padre que ya no está, amo el peligro y andar al borde de la locura en el mismo segundo, arriesgarme sin nada a cambio pero suplicar – aunque sea – un tibio abrazo al anochecer. Mi animal está a punto de despertar, es necesario un cambio drástico.
Vuelvo a la cordura, sigo aquí, sentada en redacción vistiendo una blusa azul, pantalones negros y descalza, mis zapatos están a un lado, me fastidian las ampollas que me recuerdan el dolor que avanzar día a día con el peso de una familia destruida y una soledad que comparto desde joven. La música es mi único aliado, cantar, bailar, interpretar cada tono, moverme a ritmo del sonido, ser yo y nada más.
De eso se trata, así fue escrito, así debe ser, así será.
Un grito ahogado siento en el fondo de mi cabeza, cojo mis auriculares y me voy hacia atrás del asiento, un animal ha visto el amanecer, la luz lo ciega, tiene cuerpo extraño, irreconocible, sabe que es mujer y ha despertado luego de un largo letargo, pisa el suelo con miedo, ve el horizonte lleno de verde, animales y felicidad, analiza a detalle sus dedos, se toca la nueva piel que tiene, el invierno interno ha acabado, avanza uno, dos, tres, veinte, ochenta, mil pasos, corre, salta, grita y sigue avanzando, se detiene de golpe y no mira atrás, ha llegado a ese lugar donde tiene la respuesta a todas sus preguntas. Es feliz por primera vez en su existencia.
La felicidad termina al instante cuando aparece un nuevo cuestionamiento, ha despertado con ganas de amar y amar a la vida, pero ¿quién fue el culpable?

Retrocede y cae, rueda por el césped, se ríe y toca flores, muerde sus labios y duerme, tiene una esperanza a flor de piel, siempre preguntándose lo mismo: ¿quién es él?